EL AUTOMATA

"A la dolorosa luz de las grandes lámparas eléctricas de la fábrica
tengo fiebre y escribo.
Escribo haciendo rechinar los dientes, fiera ante la belleza de esto,
ante esta belleza totalmente desconocida por los antiguos.
¡Oh ruedas, oh engranajes, r-r-r-r-r-r-r-r eterno!
¡Fuerte espasmo retenido de la maquinaria enfurecida!
¡Furiosos fuera y dentro de mí
por todos mis nervios disecados”

Alberto Caeiro, Oda Triunfal, 1914


Memoria descriptiva del proyecto


"¡He ahí, señores, la recompensa del artífice! ¡Devánense ustedes la sesera para realizar una obra de arte! ¡Pélense ustedes el culo estudiando las más oscuras ciencias! ¡No faltará luego un bonzo que arroje su baba inmunda sobre la delicada rosa del ingenio!"


Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres

¿POR QUÉ UN AUTÓMATA?

Mientras el siglo XX entra al museo para su desguace final, nos hemos habituado a vivir rumiando una ensalada de metáforas teñidas de slogans, mitos sociales e imágenes publicitarias. Y en semejantes cantidades que hasta nos salen por las orejas. Estalló abiertamente la guerra de espejos, pero deforman tanto que ya ni siquiera nos vemos el ombligo. 

Hay una trama lineal que podría reflejar un cierto desplegarse de la razón humana: esa que va del león de Leonardo a los autómatas del siglo XVIII (con su cumbre en Pierre Jaquet-Droz), y desemboca, con la máquina derrotando a Kasparov, en la inteligencia artificial y la robótica del pasado siglo XX. Pero existe también un revés de esta trama, que da cuenta del extravío o la locura de esta razón. Siempre que el hombre intenta el reto prometeico de indagar en lo profundo hasta desafiar los límites de la naturaleza o incluso de reemplazarla, ésta se rebela con furia para aniquilarlo. Con el monstruo de Frankenstein se invirtió sin pasaje de retorno el ascendente optimismo decimonónico por la ciencia, el progreso, y la evolución, por la posibilidad de una pendiente irrefrenable hacia la oscuridad y la auto-aniquilación. Debajo de las delicadas manos de la pianista autómata de Droz, se esconden horrorosos y deshumanizados mecanismos de precisión pasmosa. En los autómatas, lo natural se hace extraño. No es casual que el gran relato de lo siniestro y exprimido por todo el psicoanalisis, haya sido El Hombre de Arena de Hoffmann, en el que la hermosa Olimpia es en realidad un autómata "inanimado y maldito" que termina por arrastrar a la locura y al suicidio al protagonista. Avanzado el siglo XIX, se sepulta a los autómatas en aquel jardín conocido como infancia de la humanidad, cuya particularmente infame matriz conceptual evolutiva igualaba a los niños, los locos, los primitivos y al conjunto del proletariado siempre que protestara. En su declive, dejan de ser prodigios y se convierten en refinados juguetes infantiles o rarezas mecánicas donde bailaban alegres monos (la imágen sobrevive hasta el siglo XX en la Bimbo Box Affenkapelle alemana), o un mulato con frutas en su sombrero tocaba el violín a la orden de unas monedas. Nunca recuperados de este designio negativo, los autómatas atravesarán el siglo XX como adjetivo para describir a los hombres masificados, que hacen mecánicamente todos lo mismo: ya como trabajador-autómata en la regularidad alienante de una cadena de montaje, ya si circula como autómata-insecto por la gran ciudad-colmena, o si vota, consume, opina o adhiere, como ciudadano-autómata por la opción de moda, publicitaria o mediática.  

Han terminado aquellos tiempos donde lo autómata adjetivaba peyorativamente los nuevos artificios de la modernidad.
Con sus 280 kilos de arte, y lejos de ser una máquina célibe, nuestro Teatro de Autómatas nos interpela impiadoso. Pero primero nos rescata de las ruinas de esta semiósfera cascoteada para devolvernos al postergado mundo donde la materia y los sueños (o las pesadillas) se podían fundir en un objeto prodigioso, en una creación que despertase, como lo hizo el Golem o el monstruo de Mary Shelley, en algún punto intermedio de la noche que separó a los hombres de sus dioses. Recién firmes ahí, y a continuación, se abre el telón y arranca nuestro espectáculo: un juego de prestidigitación entre la realidad y la fantasmagoría, el presente y el pasado inmemorial, corporizado en los autómatas como reverso siniestro (Unheimlich) del paradójico mito moderno de la técnica.

LA OBRA DENTRO DE LA OBRA:

El espectador estará en un umbral, como engranaje y como demiurgo impulsor de esta suerte de sistema de cajas chinas, que a escala reproduce el mundo como en las fórmulas gnósticas donde “igual arriba es que abajo”. Una vez que acelere el mecanismo, verá activarse frente a sí una suerte de doble (Doppelgänger) en la figura entronizada del Gran Sujeto Autómata. Éste pondrá en movimiento un autómata menor que lo secunda (El Obediente) valiéndose de dos diminutas manivelas laterales. La primera figura negará con su cabeza los caldosos infiernos que preside y que ha desencadenado, mientras, intermitentemente, su mirada viaja del público a un rostro feliz pintado sobre el embudo invertido (1) que el Obediente lleva a modo de capirote (1). Este rostro es el reverso del verdadero, que con sus risotadas metálicas nos anticipa la función de este segundo autómata (y como tal encarnación también de la negación de la muerte), que en una estupenda performance deportiva comanda, con sus brazos en tensión, la maquinaria abominable que, oculta en el Subsuelo de esta micro ciudad-colmena, se encarga de atormentar a la víctima en el pavoroso sacrificio del más robusto de nuestros autómatas contemporáneos: el Hermafrodita. A la derecha, y como colofón, un dúo de clowns cadavéricos y abatidos nombrados como Salchichón y Mortadela hace girar las manivelas de una última máquina célibe, sobre la que leemos la siguiente frase: “Peor está el burro en la noria”.

1-Antiguamente, el capirote era un sombrero de forma cónica que vestían los disciplinantes de la Cuaresma, y ha servido también como objeto de mofa y escarnio, de donde deriva la expresión Ser un tonto de capirote. En la iconografía medieval el embudo (lo que encauza) aparece invertido como señal de dispersión, apartamiento del bien o de lo divino, o signo de locura.

Puesta a punto de la superficie



video



Monstruo odiado. ¡Infame asesino! Los tormentos del infierno serán un castigo demasiado benévolo para tus crímenes. ¡Demonio inmundo! ¿Me reprochas que te haya creado? Pues bien, acércate y extinguiré el brillo de tu vida que, en mi locura, supe alumbrar en ti.

Frankenstein o el moderno Prometeo, Mary W. Shelley, 1818

El Poroto colaborando sonríe para la cámara.

Proyecto



Nataniel permaneció inmóvil. Había visto que el pálido rostro de cera de Olimpia no tenía ojos, y que en su lugar había unas negras cavidades: era una muñeca sin vida.

El  hombre de arena. E.T.A. Hoffmann, 1816

"Peor está el burro en la noria"


(En la noria del huerto de mi casa
el burro anda dando vueltas, dando vueltas,
y el misterio del mundo es de este tamaño).

Oda Triunfal. Alvaro de Campos, 1914

Herramientas




"Y un día, en el momento más inesperado, de pronto el plan, la visión completa de la máquina; aparece ante sus ojos deslumbrándolo con su fácil exactitud (...) Imagínese un general en un campo de batalla...todo está perdido, y de pronto, clara, precisa, se le aparece una solución que jamás había soñado concebir, y que, sin embargo, tenía allí al alcance de su mano, en el interior de sí mismo".

Roberto Arlt

Taller


El autómata sonríe en primer plano.

De izquierda a derecha: Ricardo Fava, Matías Trillo y Pablo Tirenni.

Foto: Lara Dombret

“[En el capital que devenga interés queda consumada] la idea del fetiche capitalista (Kapitalfetisch), la idea que atribuye al producto acumulado del trabajo y, por añadidura fijado como dinero, la fuerza de generar plusvalor en virtud de una cualidad secreta e innata, como un autómata puro, en progresión geométrica (...)”

Karl Marx, El Capital

Armado del subsuelo




"Y entonces empieza la función. Una persona que no esté al tanto, no advierte ninguna diferencia entre un castigo y otro. Al vibrar, rasga con la punta de las agujas la superficie del cuerpo, estremecido a su vez por la Cama. Para permitir la observación del desarrollo de la sentencia, la Rastra ha sido construida de vidrio."

La colonia penitenciaria -Franz Kafka

Breve autobiografía de nuestro entrañable compañero Ricardo Fava.

Nació en 1969 en Buenos Aires. 
Antropólogo y técnico mecánico egresado de la gloriosa escuela industrial. Terminado el colegio, hizo el servicio militar en la Armada, donde se diplomó con honores en electricidad, lucha contra incendios y control de averías (se adjunta diploma). Matricero, especialista en rectificadora universal, arregla más de cien máquinas de coser en una fábrica de cierres relámpago en el binomio 1989-1991, a la que ingresó para paliar los efectos nocivos de la desocupación y la hiperinflación. Entonces, como muestra de su rara habilidad técnica se le animaba tanto a un torno Santos Vega como a un acumulador de 6 voltios. A pesar de su juventud, al poco tiempo ya no existirían más ni la matricería ni la fábrica de cierres ni el servicio militar, con lo cual todavía se pregunta si en realidad no recibió una educación digna de una época pretérita. Ya antropólogo egresado de la UBA, escribe su tesis sobre los avatares y las desventuras de la clase media, quizás para sublimar tantas colas realizadas en la panadería del Hogar Obrero. Hoy coordina un Centro de Derechos Humanos en la Universidad Nacional de Lanús pero añora el arrullador zumbido de la Singer 15-30.


Esta jocosa autobiografía fue escrita por Ricardo para una de las tantas e infructuosas presentaciones del proyecto que hicimos en cuanta beca, convocatoria o concurso cayera en nuestras garras. Te extrañamos amiguete!

Detalles

Manija y dúo de sapos negros



Perlita: Ricardo Fava capta con su celular el instante en el que Pablo es fulminado

video
pero sobrevive

Obras venideras



“Culotrón, el microchip más grande del mundo”: Como soporte de los futuros autómatas, estamos desarrollando en paralelo un microchip que nada tendrá que envidiarle a los confeccionados por las grandes usinas productoras de súper-tecnologías del Valle De Silicio (California). Nuestro microchip es, incluso, muchísimo más grande (pesa cerca de 2 toneladas), y estamos casi seguros de que cuando lo hayamos concluido, nuestros agradecidos compatriotas podrán decir orgullosos “el microchip más grande del mundo es argentino”. Lo vamos a presentar apenas consigamos 800 kilos de arseniuro de galio.

Los súper-deportivos autómatas fornicantes”: Pareja de autómatas montados sobre el mecanismo de una máquina de coser Singer. El público los accionaría mediante el pedal. Desarrollaría una potencia de 6 culombios en un tercio de segundo.

El Cristo autómata y los Misterios del diodo de Zenner”: Una obra de la que no podemos por ahora adelantar nada, ya que existen poderosos intereses creados presionando para que sea desactivada.

“El Autómata de Neandertal”: Una obra que atraviesa como una flecha el tiempo lento de la evolución humana.

EL AUTÓMATA CONTEMPORÁNEO



Análisis crítico de la obra, por Jean Valjean


Lo que debemos saber


Hoy lo sabemos, hoy que por fin sea firme una crítica a todo finalismo, a toda teleología humana. Sin embargo, justamente por esto, no cabe preguntarse otra cosa que sobre aquello que queda afuera de nuestra mirada presente.

El ascenso del fetiche puro, el dinero, es también isomórfico del ascenso religioso de toda creación humana. El retorno de lo religioso en todos los ámbitos de la contemporaneidad puede considerarse la derrota absoluta de toda resistencia a aquel ascenso.
Este ascenso, también doble movimiento, de la personificación de la cosa y de autonomización de la idea, constituye, en efecto, una dinámica social de lo creado. ¿No circulan hoy, en el espacio comunicativo, no sólo eslóganes, imágenes publicitarias, sino juicios de valor, ideologías?

Hace tiempo que el arte, inmerso de cabeza en los nuevos tiempos, se orientó hacia el signo que encontramos delante de la imagen, revelando el irremediable movimiento de ocultación de la materia tras los mensajes y los mitos sociales que hablan de los objetos.
La reflexión resulta ahora doblemente paradójica: ¿no nos preguntábamos hace un siglo cómo salir de la alienación entre tanta personificación de las cosas, en esa auténtica religión de la vida cotidiana? ¿Cómo, en esas condiciones, rescatar la materialidad de nuestra condición? ¿Y no significaba esta respuesta, históricamente hablando, una cierta negación del teoricismo que la descubrió como objeto?
¿No nos preguntamos hoy, ya no por el olvido del individuo, sino por el olvido de toda objetividad, precisamente en un mundo de objetos, en una vida social hiperobjetiva?
En definitiva, si la negación de una teleología humana resulta hoy por primera vez factible, en cambio, toda toma de posición contemporánea implica, retrospectivamente, una filosofía de la historia.

Lo que debemos apreciar


Ahora bien, todas estas hondas reflexiones que indudablemente nos asaltan al contemplar una obra de arte contemporánea deben tirarse a la basura si uno pretende encuadrar críticamente El Autómata.
Da la impresión de que los autores no reconocen otro legado artístico que el DKW de dos tiempos. Estos nihilistas del nuevo siglo deberían abrazar el multiculturalismo o algo semejante y dejarse de joder con el gusto ajeno.
Dan ganas de desear fervientemente que la realidad virtual sea un hecho y un hecho accesible a la mayoría de los habitantes del planeta, antes de que nuestros autores se dediquen a la política o a algo peor.
La sociedad ya no reconoce otros valores ante tanta degradación. Ha pasado a considerar natutal el actual curso de las cosas. Se ha doblegado ante la masificación, la belleza pasteurizada,  el simulacro resplandeciente de las nuevas artificialidades. Sólo así se entiende que una obra semenjante haya visto la luz.
Nuremberg, junio de 2005